martes, 4 de marzo de 2014

La vida es sueño. A medida que envejecemos, el sueño se transforma en mal dormir.

Según vamos envejeciendo,cambian nuestros patrones de sueño. Se duermen menos horas por las noches, y durante ese tiempo se descansa menos. Y también somos más proclives a las siestas, a quedarnos dormidos en cualquier momento y situación.



Pero, ¿por qué ocurre esto? Resulta que las rutas del sueño y del envejecimiento se cruzan en un punto. En concreto, en una serie de reacciones que provocan stres celular. Según envejecemos, a nuestras células les cuesta más recuperarse del estrés al que las sometemos, y dormir unas cuantas horas ya no sirve para que se recuperen.



 Esto ocurre porque una serie de proteinas se “estropean”. Siempre pensamos en las moléculas que nos dan forma como largas cadenas , y lo son. Pero para cumplir su función deben adoptar configuraciones espaciales, formas en tres dimensiones. Es lo que se denomina plegamiento de las proteinas.

Cuando sufren estrés, las células van perdiendo capacidad para plegar las proteínas y darles la forma necesaria. Y no hay mayor estrés que el de envejecer. ¿Y qué tiene esto que ver con el sueño y el descanso? Pues que, para que el sueño sea reparador, la maquinaria celular tiene que “recargarse”, y para eso necesita a las proteínas en su forma óptima.



 La importancia de este descubrimiento está en que proporciona un mecanismo para recuperar la capacidad de recuperación, valga la redundancia. Una familia de enzimas, conocidas como chaperonas que ya se emplean para tratar enfermedades degenerativas – ayudan a que las proteínas se plieguen como deben hacerlo. 



Ya sabemos por qué al hacernos mayores descansamos peor. Pero ¿qué es lo que nos manda a dormir? ¿Qué provoca el que no podamos mantener los ojos abiertos, nuestra mente funcione más lenta y necesitemos descansar? 



Hay al menos dos mecanismos. El primero tiene que ver con los ciclos noche-día – circadianos, en lenguaje técnico. Y el segundo es molecular, una cascada de reacciones que tienen lugar en un grupo de neuronas de nuestros cerebros.



Porque tenemos una región que se encarga de “decidir” cuándo tenemos que dormir. Existen un grupo de neuronas cuya función es supervisar nuestro nivel de cansancio, y enviar una señal para que el cuerpo “se apague”.



 Estas neuronas permanece inactivas durante toda la jornada. Pero cuando el cuerpo empieza a perder fuerzas, cuando el cansancio comienza a acumularse, estas neuronas se “encienden”. Y envían una señal al resto del cerebro que induce al sueño.



 En las moscas el proceso comienza de una manera sencilla: les cuesta más volar. Esto provoca que las moscas se posen – imprescindible para dormir, ya que no pueden hacerlo en vuelo – y favorece que caigan en un estado de sopor.



 Pero no sólo eso, también controla el nivel de descanso. Hasta que el animal no ha recuperado sus niveles de energía, no permite que salga de ese estado de sopor. Esto se traduce en que hace falta una perturbación más intensa para sacarlo del sueño.



 Y los seres humanos tenemos ese mismo grupo de neuronas en nuestros cerebros. Nosotros también tenemos neuronas “centinelas del sueño”.


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